Os voy a contar la historia del paraguas más grande y más espectacular jamás creado y que nunca salió en el libro Guiness por motivos que comprenderéis más adelante.
Capítulo 1. Así llovía, así, así.
Todo comienza por el principio, en un pueblecito apartado que se llama Ayquememeo. Ese pueblo siempre ha estado muy vinculado al elemento agua. Y aunque no lo ponga en los libros de texto, al planeta azul lo llaman así gracias a ese pueblo. Rodeado de lagos, ríos, embalses, fuentes... y sobretodo con la lluvia permantente que se les precipita encima toda la semana, parando solamente los domingos que caen en número impar.
Evidentemente, en Ayquememeo toda casa, edificio y hasta el ayuntamiento, tienen los cantos redondeados. realmente a la vista es un pueblo magnífico, incluso sus costumbres son pintorescas. Su especialidad en la cocina son las sopas, los platos preparados al baño María y los huevos pasados por agua.
La gente estaba acostumbrada a tanta humedad y a tanta agua, y llevaban viviendo así milenios elevados a N. Pero llegó un día que nadie esperaba, porque vino con prisa y sin avisar. Ese día, un tal Luis Paniagua, volvía de uno de sus viajes a otras ciudades. Era el único habitante del pueblo al que le gustaba viajar, y de hecho su empleo consistía en eso, en comprar y vender productos de fuera de su pueblo. Contó maravillas de otros pueblos que había visitado. Por ejemplo el pueblo de las costureras, un sitio tranquilo y agradable en el que en la medida de lo posible, se construía todo mediante hilos de lana y seda. Casas, carros, hasta los botes de la mermelada de arándanos y mora estaban fabricados con hilos.
Pero cuando la gente de Ayquememeo se descontroló y empezó a gritar y a abuchear todo lo abucheable, fué cuando Luis Paniagua les contó sobre un pueblo llamado Metorroalsol. Un lugar costero y con playa en el que los habitantes estaban morenos todo el año, vestían siempre en bañador y llevaban gafas de sol incluso de noche. Todo ello les daba un aspecto "guay". Allí comían frutos secos, saladitos y cortezas de cerdo. Aquella historia fue el desencadenante de los acontecimientos que iban a acontecer.
A la mañana siguiente, reunidos frente al ayuntamiento del pueblo se manifestaron. Y con pancartas mojadas de toda el agua que estaba cayendo hacia abajo por la lluvia, cantaban a coro: ¡Queremos más sequedad, que no somos pañales! y también: ¡Alcalde! ¡Te vamos a dejar seco! El alcalde que hasta hacía un rato no sabía ni de qué iba el tema y que se lo advirtió un amigo de confianza, salió al balcón del edificio. Y habló:
- ¿De que os quejáis? ¿Acaso no sois felices? Tenemos grandes cosas en este pueblo. Nuestros lagos y ríos están llenos de deliciosos peces. Nuestra agua de manantial es la mejor de todo el país y....
En ese momento le interrumpió uno:
- El agua es para los patos... ¡Nosotros queremos alcohol!
- ¡Si! Y estar bronceados - dijo otro.
- Alcalde, te damos un mes para solucionar esta situación, sino... tomaremos medidas - dijo una mujer blandiendo un puntiagudo paraguas.
El alcalde volvió a retomar la palabra, en cuanto pudo coordinar su mandíbula:
- No lo entiendo...viviendo en casas tan redonditas, ¿cómo podéis ser tan cuadriculados? Sólo os puedo decir esto. Las cosas son como son. Ni bien ni mal. Lo que pedís está fuera del alcance de la lógica y de lo posible. No habría que interrumpir el curso natural de las cosas si están yendo bien.
- ¿Cómo van a estar yendo bien, sino podemos controlarlo todo? Yo quiero poder elegir qué gafas de sol me pongo cada día.
- Recuérdalo... te damos un mes. Adiós. - dijo el último en hablar y el primero y único en despedirse.
El alcalde estaba en un aprieto, así que fue al baño. Cuando volvió tenía las ideas más claras y halló la solución. No compartía para nada la visión alarmista de sus ciudadanos, pero ahora temía por su vida. Se fue a hablar con un inventor que había en el pueblo. Era un hombre muy curioso, se hacía llamar a sí mismo Leopardo DaVinci, y nadíe sabía su verdadero nombre. Tal enigmático personaje ya había hecho otras veces grandes cosas por el pueblo. Sus inventos habían revolucionado las vidas de los habitantes, aunque nadie excepto el alcalde se lo había agradecido nunca. Una vez inventó una lavadora que funcionaba con la corriente de un río, como si fuera un molino, y que gracias a una serie de engranajes, poleas y mecanismos, que tenían al final un gran Paipai, conseguía hacer también funcionar de secadora (eso es relativo, de tanta humedad que había).
Capítulo 2. Esperanza mas allá de las nubes.
El alcalde fue a hablar con el inventor a su casa y la conversación con Leopardo DaVinci fue... extraña:
- ¿Me permite la visita? Soy Aguado Campoamor, el alcalde.
- ¿Como puedo estar seguro? ¿puedo ver su cuenta corriente? Déjelo... es broma.
- Lo siento mucho, es que hoy no estoy para bromas. Tengo un problema muy serio. - Contestó el alcalde tremendamente y seriamente serio.
- Me lo imagino, sé porque ha venido a verme....¿Usted me ama, verdad? Lo siento, pero no funcionaría. Es broma... lo de que no funcionaría.
- Iré al grano -Dijo el alcalde rascándose un ídem- Necesito que me encuentre una solución para que la gente del pueblo esté morena y más seca, y a ver si con eso evitamos que me maten.
- Debe saber, que el asunto es complicado. Me he dejado la cabeza en casa y pienso con los pies, pese a estar en casa. ¿Le apetece un poco de Gruyere? -Dijo bromeando Leopardo
- No gracias, bastantes agujeros tendrá mi corazón si esto acaba mal. Por favor... necesito su ayuda.
- Está bien, le ayudare, y con mucho gusto. ¿Que tal si en lugar de cobrarle mi invento se lo regalo en navidad?
- ¡Pero si aún faltan tres meses para navidad!
- Si se pone en ese plan no le felicito y además le cobro el invento. - dijo Leopardo, y tras una breve pausa se le encendió la calva y prosiguió hablando- Ya lo tengo. Le fabricaré un Paraguas Solar. Será mi mayor invento hasta la fecha, pero necesitaré colaboración y fondos.
- Todo lo que quiera, puede pedírmelo. Pero dígame.. en qué consiste exactamente.
- De acuerdo. Será un paraguas gigante, que abarque todo el pueblo, impedirá que la lluvia pase por él y la convertirá en energía solar, proyectada hacia abajo. Será siempre de día y la gente podrá incluso dormir a la intemperie.
- ¡Excelente idea! Dése mucha prisa por favor, como si le fuera la vida en ello.
- Sólo a usted le va la vida en ello, pero seré veloz, no se preocupe, aunque le advierto que no lo considero buena idea, porque me pica la nariz tan solo de pensarlo. Duerma tranquilo, amigo, pero revise bajo la cama, no vayan a haber monstruos debajo.
- Muchisimas gracias. Buenas tardes tenga usted.
- De nada. Buenos días y que se mejore. Cuidado con el colesterol. Déjelo...es broma.
Y así fue como Leopardo se puso en marcha para fabricar el paraguas más grande jamás creado. Ayudado por varios funcionarios del alcalde y por pequeños rayos de sol que se habían quedado atrapados entre las rocas los domingos que no llovía, el invento empezó a tomar forma. Con los rayos de sol y algas que encontraron en los lagos consiguieron tejer un hilo verdiazul con toques amarillos. Lo enrollaron en una gran bovina, o sea, una gran vaca que tenían en el pueblo y que les sirvió para cargar con él. La parte siguiente del proceso se desarrolló en el pueblo de las costureras. Leopardo las convenció para que tejieran una gran tela impermeable con todo aquel hilo solar. Había pasado una semana desde entonces, y las costureras tardarían casi dos semanas. El tiempo pasaba. Leopardo lo sabía, y el alcalde lo sabía todavía más. Por eso no dejaba de mirar el reloj cada media hora por si habían pasado cinco minutos. Cuando la tela estuvo lista, Leopardo DaVinci, con 2 chicles y 3 barras de pan enganchó la tela y construyó un ala delta improvisada. Y allá que se fueron volando Leopardo, la vaca y dos funcionarios para así llegar antes a Ayquememeo, de hecho les interesaba llegar pronto, porque se meaban. A la bovina eso no le importó y regó los campos desde las alturas.
Capítulo 3. Tocados del ala.
Les faltaba muy poco para llegar ya al pueblo, surcando los cielos. Pero un mosquito despistado, bicéfalo y medio tuerto de medio ojo se espampó contra el ala delta, haciendo que perdieran el equilibrio y el café que intentaba tomarse Leopardo. Los funcionarios, que se habían vestido de azafatas de vuelo para la ocasión, gritaron a dúo: ¡¡Que nos la pegamoooooooos!! Pero no fue así, el chicle era bastante fuerte y aguantó bien el viaje. Forcejearon un poco con el viento y le echaron un pulso de pulgar. Lo sorprendente es que ganó la vaca y así prosiguieron tranquilos con su viaje, que ya estaba llegando a su fin.
Aterrizaron sobre un pequeño claro que había cerca de las afueras. Aguado Campoamor salió a recibirles. La vaca se comió el sombrero que llevaba el alcalde, pero eso es lo de menos. Faltaban 5 días para que los pueblerinos se tomaran la justicia por su mano, así que debían darse prisa en montar aquel paraguas gigante. Después de un descanso de 2 horas, retomaron el trabajo y colocaron todos los postes necesarios para tensar el paraguas. Era un mástil enorme, que salía desde el ayuntamiento y otros 6 mástiles más finos colocados alrededor. El montaje de la tela sobre los mástiles fue todo un espectáculo. Recorrían las calles con la tela sobre las cabezas, sin ver ni torta. Y aun así consiguieron llegar a los respectivos mástiles. En 4 días estuvo finalizado el paraguas, y al siguiente lo inauguraron.
- Ciudadanos míos - Empezó el alcalde - He cumplido mi promesa. Queríais una solución y aquí la tenéis. Este paraguas gigante os protegerá de la lluvia, y os bronceará. Podréis vestir siempre ropa seca, y comer frutos secos. Ni siquiera llorareis al estar tristes, porque ya se acabó la humedad en este pueblo. Espero que vaya todo bien a partir de ahora. Disfrutadlo.
- ¡Bieeen! gritaron muchos
- ¡Hurra! gritaron otros
- ¡Queremos un hijo tuyo! gritó Ernesta, la loca del pueblo. (Sí, en todos los pueblos hay al menos un loco)
Pasaron los días. La gente del pueblo estaba contenta. Podían hacer todo aquello que había visto y les había contado Luis Paniagua, y aun así seguían teniendo buena pesca en el río, ya que hasta ahí ya no llegaba el paraguas. Los niños se acostumbraron pronto al cambio, y cuando querían fastidiar a algún otro niño, en lugar de llamarle "cuatroojos" o "tontolculo" lo ataban y lo dejaban justo donde terminaba el paraguas y empezaba la lluvia. Y podía pasar así un día entero hasta que sus padres, demasiado preocupados en broncearse uniformemente se daban cuenta de que les faltaba algo: su hijo.
El alcalde, además de pagar bien a Leopardo, hizo que le construyeran un monumento en la plaza del pueblo. Pero Leopardo no parecía del todo contento, de hecho su expresión de malas pulgas indicaba todo lo contrario. Sabía que algo fallaba en todo esto.
Capítulo 4. Los domingos al sol.
Pasó. ¿Y que pasó? Los primeros problemas. Y es que cuando se juega a ser Dios te la dan con queso y sin pan ni nada. Un grupo de chavales jóvenes se presentó ante la puerta del ayuntamiento, y llevaban botellas de cerveza en la mano.
- ¡Alcalde! ¡Dá la cara! ¡Baja aquí si tienes agallas! Queremos que nos devuelvas nuestras noches.
El alcalde salió a regañadientes al balcón y en pijama, le habían pillado durmiendo: - ¿Que queréis ahora? Son las 2 de la madrugada. necesito descansar que mañana me levanto temprano.
- Justamente eso, son las 2 de la madrugada y es de día. ¿Así como quieres que hagamos el botellón? Sino es de noche pierde su encanto. Ni siquiera tendremos resaca por la mañana, porque nunca es por la mañana.
- ¿Y por que no simplemente dejáis de hacer botellón y me dejáis dormir?
- No te pases de listo alcalde que te caneamos. Aquí el menda es un artista en afeitar sin espuma... y mi navaja es muy afilada.
Al alcalde se le fue el sueño de golpe. Les acabó diciendo que pensaría en la solución, que no se preocupasen, y se fue otra vez a (intentar) dormir. Cabe decir que no lo consiguió. No dejó de dar vueltas por la cama y por la alfombra en toda la "noche". Cuando dieron las 8 de la "mañana", se le presentó allí un grupo de chicas jóvenes.
- ¡Alcalde! Queremos una explicación. ¿Cómo puede usted consentir esto?
- ¿Qué pasa ahora? - Gruñó el alcalde
- Mire a estas chicas, y ahora mírenos a nosotras- dijo una habiéndose separado en dos el grupo de chicas.
- Vale... ¿que hay que ver?
- Ellas están más morenas que nosotras. Nos hemos dado cuenta que eso es porque viven 2 calles mas hacia fuera que yo y mis vecinas. No es justo que el bronceado afecte más a unas personas que a otras. Queremos igualdad. Si no pones remedio a esto te colgaremos del mástil central.
- De acuerdo. Buscaré una solución. No os preocupeis. (Ya me preocupo yo por vosotras, pensó Aguado).
Tenía el alcalde un montón de quehaceres, pero abandonó la idea de trabajar de tan cansado que estaba y se limitó a quedarse sentado en el sofá de su despacho. Y tan sólo una hora después volvieron a solicitar su presencia. Esta vez era un grupo de marujonas con rulos.
- ¡Alcalde! Tienes que hacer algo. ¿Has visto los precios de las gafas de la tienda de Enrique Nomeveo?
- Pues no, mire, no me interesan las gafas ahora mismo.
- Pues es el único tendero que vende gafas de sol... y ha subido el precio. ¡200 euros por unas gafas de mala calidad! ¡Es un completo sablazo!
- ¿Y qué es lo que quiere que haga yo? Es su negocio.
- Regale tres pares de gafas a cada habitante y seremos felices. De lo contrario el infeliz lo serás tu, te costará masticar sin dientes.
- De acuerdo, ya me encargo yo del tema. Iros tranquilas.
El alcalde intentó pensar con calma. No lo consiguió. Fue a prepararse una tila. No tenía. Intentó hablar con su amigo y consejero. Le había dado vacaciones dos días antes. Quiso jugar a los dardos para relajarse. Se pinchó. Intentó curarse con agua oxigenada. Se había evaporado. Al final se curó con saliva y se enredó un esparadrapo. Desesperado, fue a hablar con Leopardo, para pedirle consejo a él.
Cuando llegó a la casa del inventor y se paró delante de su puerta. No pudo evitar una carcajada. Y luego otra. Y otra. Y así hasta que parecía que se había vuelto completamente loco. Esa reacción fue al ver que en la puerta de la casa de Leopardo rezaba el cartel: "Estoy en el Caribe".
En un momento en el que parecía que se había calmado un poco, vió acercarse a un grupo de personas, con cara de pocos amigos, aunque no es del todo cierto, porque entre ellos si que eran muy amigos, y estaban allí por los mismos motivos.
- La piscina de mi chalet se evapora enseguida - dijo uno.
- Mi perro se ahoga con este calor - dijo otro.
- !Hoy casi me atraganto con un cacahuete! - dijo uno más, y añadió.. - y la culpa la tienes tú, alcalde.
- Aunque vamos todo el día en bañador no tenemos un cuerpo escultural como los del pueblo Metorroalsol, tienes que hacer algo ya.
El sufrido alcalde, una vez más perdió toda su energía y parecía que se le iba a escapar el alma por la boca. Pero algo inesperado sucedió. Empezaron a caer unas cuantas gotas por aquí, luego por allá y progresivamente, de punta a punta toda la tela del paraguas fue cayéndose al suelo, permitiendo al agua llover. Era cosa de Luis Paniagua, que indignado y sintiéndose culpable por todo lo que estaba pasando decidió poner fin a toda la farsa del mundo perfecto. Y de paso ayudar a que sobreviva el alcalde. En cuestión de minutos desgarró, tiró y descolgó toda la tela del paraguas gigante, que quedó inservible. Los pueblerinos que se iban dirigiendo a él entre abucheos y gritos no pudieron hacer nada por evitarlo. Cuando por fin se acercaron suficiente como para decirle de todo menos guapo, abalanzándose sobre él, Luis se adelantó y tomó la palabra.
- ¡Basta ya! ¿Es que no os dáis cuenta? Esto era una locura desde el principio. No llueve a gusto de todos, nunca mejor dicho. Desde hace tiempo que no os conformáis con nada y todo os parece mal. Sol y no sol. Moreno y no moreno. Yo recuerdo este pueblo como un lugar tranquilo, y desde que conté aquella historia del pueblo Metorroalsol no habéis hecho más que disgustaros a vosotros mismos y amenazar al alcalde, que se desvive por vosotros. Y por lo que veo ya nunca será el mismo. ¿Por qué no intentáis recordar la vida que llevabáis antes? ¿En serio os faltaba algo? Y perdón que me ponga tan plasta, pero es que un pueblo así me da vergüenza ajena, y sé lo que digo porque he viajado más que ninguno de vosotros. Así pues, ayudadme a retirar también los mástiles y a vivir apaciblemente como siempre había sido.
Los habitantes se habían quedado bastante parados. No sabían que responder a eso. Por más que lo intentaban, no tenían palabras para contradecirle. Ni animo. Ni saliva. Al menos la lluvia que caía desde hacía unos minutos les estaba refrescando las ideas. Se les fue la furia. Ayudaron al alcalde a ir hasta casa y le arroparon. Ese día muchos lloraron por lo que habían hecho... y por lo que podrían haber llegado a hacer.
Ahora creo que ya queda más claro el porque nunca aparecerá en el libro Guiness el paraguas de Ayquememeo por muy grande que pudiera ser. Así que el único beneficiado en todo este asunto fue Leopardo, que con el dineral que había cobrado, aun le quedaban dos semanas de vacaciones y ahora estaba en las islas Caimán, con la vaca, todo sea dicho. Cuando volvieron, se alegró de ver que el paraguas ya no estaba, y todo volvía a la normalidad. Esa noche, cenó un huevo pasado por agua, y durmió más tranquilo que nunca.
Iwakura
17-03-2007